
Los lechos bacterianos o filtros percoladores se encuentran entre los sistemas de tratamiento biológico de aguas residuales más antiguos. Fue precisamente en la Inglaterra de finales del siglo XIX cuando comenzó a extenderse su funcionamiento bajo el nombre de lechos de contacto. Sin embargo y a pesar del paso del tiempo, hoy en día continúan presentando algunos de los principales problemas que marcaron sus inicios, como es el caso de atascos del filtro, con sus consiguientes deficiencias de ventilación y proliferación de malos olores.
Empleados fundamentalmente para el tratamiento secundario de aguas residuales industriales o de pequeños municipios –entre 500 y 5.000 habitantes-, los lechos bacterianos manifiestan importantes inconvenientes, como la vulnerabilidad ante los cambios de climatológicos, que los sitúan en clara desventaja frente a otras soluciones de depuración que pueden encontrarse en el mercado.
Funcionamiento y características
Se trata de un sistema de depuración biológico aerobio cuyo funcionamiento se basa en hacer circular, a través de un medio poroso, aire y agua residual.
Están configurados en forma de cultivo fijo no sumergido y compuestos por un lecho, normalmente de gran diámetro, que puede estar formado por materiales naturales –cantos rodados, coquemetalúrgico, escoria o antracita- o plásticos, y en cuya superficie se aplican de forma uniforme los líquidos residuales por medio de pulverizadores, y en forma de lluvia.
En la parte inferior del lecho se sitúan el sistema de drenaje, para la salida del efluente del proceso, y el sistema de entrada de aire, para la ventilación. Ésta puede llevarse a cabo de forma natural, lo que exige para un correcto funcionamiento diferencias de temperatura superiores a 2º C entre el aire-agua, o forzada –suele emplearse solo cuando el tamaño del filtro es demasiado grande y no se puede garantizar la ventilación natural-.
Cabe destacar que el lecho debe permanecer aireado y con un caudal suficiente de percolación, que permita arrastrar las fracciones de biopelícula erosionadas o desprendidas, y sin saturación de agua. De esta forma, se puede prevenir, en caso de cargas altas, la formación de charcos en su superficie.
A favor
Es importante analizar con detenimiento sus pros y contras antes de decantarse por ellos como solución de depuración. Entre sus principales ventajas habría que señalar su reducido consumo de energía, su flexibilidad y eficacia en la eliminación de materia orgánica si se mantiene su funcionamiento bajo vigilancia y con un mantenimiento riguroso.
En el lado opuesto, están su mala integración paisajística y, sobre todo, la generación de malos olores, la proliferación de moscas y caracoles en su entorno, y su dependencia de los cambios meteorológicos, que puede llegar incluso a ocasionar importantes descensos en su rendimiento, siendo desaconsejable su instalación en climas fríos.
Para garantizar su funcionamiento adecuado se exige que el agua residual sea pretratada eficazmente o reciba decantación primaria previa, lo que incrementa los costes de gestión. También es imprescindible realizar un desarenado previo del agua a tratar.
En el caso de tratarse de lechos con recirculación, se requiere energía eléctrica y personal cualificado en su gestión.
También es cierto que existen ya soluciones en el mercado como aislamientos térmicos o sistemas de control de olores, que permiten minimizar este tipo problemas.
Otro punto negativo a tener en cuenta es que generan mayor cantidad de lodos que otros sistemas de tratamiento de aguas. A esto habría que sumar que requieren unos costes de construcción elevados, mantenimiento complejo, precisando periódicamente tareas de inspección, limpieza y retirada de residuos. 







